
A mí no me preocupaba el arribo a lo desconocido cuando salí de Aguascalientes a los diez y ocho años, sino que el tiempo fuera diluyendo los recuerdos de los primeros años. Se dice que el hombre es memoria y a su vez la memoria que de él conserven los demás; pero la memoria se deslíe como un polvo por la acción del agua, si no somos capaces de apuntalar los afectos que nos convierten en seres únicos o de acrecentar las oportunidades de ofrecer amor para adicionar belleza a lo que vemos o tocamos.
Maravillado siempre y observador atento; irreverente, indiscreto y terco, he recorrido incansable los caminos en busca de horizontes, con el aliciente de descubrir en cada ocaso o alborada nuevos tonos y colores. He sido señalado como devoto fiel de la amistad, buscador incansable, navegante sin puerto, gambusino de sorpresas y amante irredento. Me reconozco ser que se realiza en los demás y no en sí mismo, sino por el efecto de lo que se otorga sin el aliento de la recompensa. Supe desde los primeros años que el amor puede transformar tempestades en lluvias gratificantes o hacer que los vientos nos conduzcan sin límites ni trabas, por senderos impensables, a contemplar las grandiosidades del universo.
Inicié el aprendizaje desde los primeros años para no ser sedentario y convertí la enseñanza en actitud y estímulo de vida.
Nómada por vocación, he ido armando casas para compartirlas y amores para conjugarlos en todos los espacios. Y en ese afán de compartir la vida, aprendí el valor de la palabra.
Aguascalientes me enseñó la esencia de la vida. Aquí, María Rangel me enseñó las primeras letras y Mercedes Rodríguez Nungaray el gusto de emborronar cuartillas para inventar imágenes con trazos de tinta sobre el papel y la afición por descubrir el mundo en el inconmensurable tesoro escondido de los libros.
Así, con ese equipaje al hombro, salí a descubrir el mundo.
El infinito mosaico de luces que las constelaciones, los continentes, las culturas y los hombres crean, se traduce en vivencia compartida a través de la palabra. La poesía es el reflejo del hombre que siente, llora, ríe y vive en plenitud cada momento, adverso o jubiloso. Se va tejiendo en las cuartillas una especie de historia no mostrada, sino descubierta o adivinada a través de un rostro, de una sonrisa, de una mirada, de la expresión corporal o hasta de las circunstancias.
Thelma Nava me mostró hace algunos semanas un texto de Jaime Sabines en el que señala que “el poema es el testimonio de las horas del hombre sobre la tierra”. Cierto; el poeta es quien vive y siente, quien tiene algo que decir elige la palabra para compartir su historia y no quien sólo opta por el preciosismo del uso exacto y perfecto de la técnica sin darle contenido vital, sin llegar a la esencia del ser. Sobre la tierra vamos construyendo las horas y armando a nuestro modo el tiempo. Con la palabra reflejamos nuestro espacio pero inventamos, también, un mundo: el mundo de los sueños y el mundo valioso de las utopías -como decía aquel gran amigo José Luis Guevara-. Queremos acercar la realidad al sueño, a esa ilusión deseable que perfilamos en las horas nocturnas y que afanosamente queremos hacer realidad desde la madrugada.
Mi poemario Inventar la lluvia refleja el acto esencial del ser humano de realizar de manera permanente el esfuerzo de búsqueda, como actitud de vida, como afán cotidiano de descubrir lo nuevo que llega cada instante y los secretos que aguardan por ahí, en cualquier recoveco del camino o en cualquier espacio perdido del universo que habitamos. Refleja también una forma de encontrarle otra dimensión a las adversidades que laceran. A fin de cuentas, esa es la manera en que el hombre transforma sus afanes y avatares, en plenitud que alumbra la senda para darle sentido y dirección precisa, para arribar a puerto seguro, en donde espera un nuevo tiempo para vivirlo.
Ese poemario refleja las contradicciones de la vida. El hilo conductor de sus 134 páginas es el amor, entendido como el motor que mueve al mundo desde las primeras referencias de la historia. El amor, como la vida, es caja de resonancia de la dialéctica de la historia, de la vida humana, del hombre.
El amor es confluencia de humedades; de lluvia que es expresión del cariño que de mil formas se inventa o se descubre. La lluvia es, entonces, plenitud, gozo, éxtasis, concreción, deseo, renovación, búsqueda para ir armando todo en la vida a la medida del deseo, en el espacio preciso de la plenitud y el gozo.
Una gota recorriendo lentamente la superficie plana y traslúcida del cristal de una ventana, es más que la soledad que se esconde en el espacio inactivo de la alcoba. Pero también, una gota que recorre el cuerpo es seductora, es una caricia interminable que se renueva.
Así, entonces, la lluvia es todo. |